Fue entonces cuando algo empezó a moverse de manera distinta. Si bien el salón seguía lleno de música, risas y deseos bien intencionados, de repente mi mente comenzó a sustituir rostros por otros que yo conocía, a reemplazar cuerpos ajenos por memorias desdibujadas, como si mi imaginación quisiera recomponer la escena. Y entonces, en mis labios apareció una frase que se ahogó al instante: “pude haber sido yo”.
No fueron celos ni tristeza; más bien fue el sabor de una nostalgia por algo inexistente, por lo que pudo haber sido y no supimos concretar. Tal vez si hubiera aceptado esa invitación, o si le hubiera insistido un poco más, mil y un escenarios de un quizás desfilaron por mi cabeza durante unos segundos.
Pude sentir una sonrisa dibujándose en mi rostro, acompañada de una risilla socarrona, mientras terminaba de aceptar que lo nuestro simplemente no fue, y que eso no lo convierte en una tragedia. Hay historias que acaban cuando ya dijeron lo que tenían que decir, y entonces es momento de pasar a otra página.
Y desde esta segura y ensayada distancia, me refugié en la tranquilidad de un pensamiento: quizá no fue aquí, pero estoy seguro de que en otro tiempo, otra vida, otro universo, esta sí fue mi fiesta; la historia sí terminó conmigo. No a modo de reclamo, sino como una certeza reconfortante: nada fue en vano, aunque no haya sido en esta ocasión.
Exhalé, di un último vistazo y me retiré, callando lo que no fue después de haber celebrado lo que es.
No hay comentarios:
Publicar un comentario