Y es ahora, cuando por fin me he decidido a detener un poco la marcha, que siento realmente el peso de todo aquello que ya no tengo y resiento la ausencia de quienes me faltan.
Al mismo tiempo, volteo a mi lado y veo a quienes hoy me acompañan, y entre este frío nocturno puedo sentir cómo su calidez aminora la inclemencia de la incertidumbre. No es solo el frío lo que se vuelve más llevadero, sino el peso mismo del camino compartido; por eso ajusto el paso, no por prudencia, sino porque avanzar juntos es la silenciosa forma en que muestro gratitud.
La dicotomía en mi cabeza me hace sentir nostalgia por aquellos que adelantaron su camino, se quedaron atrás o simplemente dieron vuelta hacia una dirección en la que mi vereda no apuntaba, a sabiendas de que siempre existe la posibilidad de que nuestros caminos vuelvan a cruzarse en algún punto.
También me invade una sensación de responsabilidad y, hasta cierto punto, de ternura por aquellos que ahora ven en mi espalda un refugio, o al menos la guía de los agujeros a evitar en su propio recorrido. No porque conozca el destino, sino porque sé que cada paso deja huella, e incluso mis tropiezos pueden servir de advertencia para quienes avanzan detrás.
Y heme aquí; semiestático, acalambrado ante un mundo que sigue su curso sin notar que me he detenido: inclemente, pero justo.
Es este gélido silencio de la madrugada el que me permite escuchar el latido de mi corazón y el paulatino desliz de mi conciencia. Y aun así, creo que es afortunado el punto en el que este sentimiento de medio vacío y medio lleno eligió hacer presa de mi mente, pues estoy a la distancia perfecta para que ni los de atrás ni los de adelante puedan ver la lágrima que corre por mi mejilla antes de reemprender la marcha.